Buenas, esto es BIMPRAXIS, el podcast donde el
BIM se encuentra con la inteligencia artificial.
Exploramos la ciencia, la tecnología y el futuro
desde el enfoque de la arquitectura, ingeniería y
construcción.
¡Empezamos!
Muy buenas.
Bienvenidas, bienvenidos a un nuevo episodio de BIMPRAXIS.
Hoy os traemos el terremoto de la inteligencia
artificial.
¿Por qué tu trabajo, la economía y el
mundo cambiaron para siempre en febrero de 2026?
Y bueno, quiero que quienes nos escuchan hagan
un viaje mental muy rápido.
A ver, ¿a dónde nos llevas?
Pensad en febrero de 2020.
Si prestabas mucha atención a las noticias, quizá
escuchabas murmullos lejanos sobre un virus en el
extranjero.
Ya, totalmente.
Pero en la calle, o sea, la gran
mayoría hacíamos vida normal.
La bolsa estaba en máximos, los colegios abiertos,
la gente planificando sus vacaciones de verano.
Sí, sí, como si nada.
Y si alguien te decía que estaba acumulando
papel higiénico y masquinillas, pues pensabas que había
perdido el juicio leyendo foros de Internet.
Claro, ¿te reías de él?
Exacto.
Y luego, en cuestión de unas tres o
cuatro semanas, pues el mundo entero cerró.
Todo cambió de una forma que nos habría
parecido, no sé, ciencia ficción un mes antes.
Pues fíjate, es un paralelismo que de verdad
pone los pelos de punta, pero resulta absolutamente
vital para dimensionar lo que tenemos sobre la
mesa.
Ahora mismo, en este preciso instante, estamos exactamente
en esa fase de, bueno, la gente está
exagerando, pero los datos internos que manejamos nos
indican que la disrupción que acaba de comenzar
es estructuralmente muchísimo más profunda.
Madre mía.
Sí, y más permanente que lo que vivimos
en esa pandemia, o sea, sin duda.
Y por eso, para intentar entender este, digamos,
terremoto invisible, hoy vamos a sumergirnos en dos
fuentes clave que han sacudido los cimientos tanto
de Silicon Valley como del sector financiero tradicional.
Eso es.
Por un lado, tenemos un ensayo que, literalmente,
ha roto Internet.
Lleva más de 80 millones de visitas desde
que se publicó el 9 de febrero de
este año, 2026.
Una barbaridad.
Lo firma Matt Schumer, que bueno, no es
un opinólogo cualquiera, sino un desarrollador e inversor
de primerísimo nivel en inteligencia artificial.
Su texto se titula Algo grande está sucediendo.
Y para no quedarnos solo en la visión
de, digamos, los ingenieros, cruzamos esa información con
un reportaje demoledor del diario El País, publicado
el 14 de febrero de 2026.
Ajá.
Este artículo analiza el pánico real, o sea,
con cifras en la mano, que se ha
desatado en Wall Street, además de una alarma
sin precedentes en la Comunidad de Seguridad Nacional.
Casi nada.
Ya te digo.
Nuestra misión en este análisis es, pues, rasgar
un poco el velo del marketing y extraer
qué está pasando exactamente a puerta cerrada en
los grandes laboratorios.
Pero, para descifrar el impacto existencial y laboral
y que nuestra audiencia tenga algo de margen
de maniobra, ¿no?
Exacto.
Que no nos pile el toro.
Pues vamos directos a los laboratorios, porque para
comprender el pánico de Wall Street primero hay
que entender que apareció la semana pasada en
las pantallas de los informáticos.
Hemos cruzado la línea, o sea, ya no
son promesas teóricas.
Es un impacto aplastante.
Schumer cuenta en su ensayo que lleva años
invirtiendo en esto y que siempre le daba
a su familia la versión suavizada de lo
que estaba por venir.
Para no sonar alarmista, claro.
Eso es, pero confiesa que ya no puede
disimular.
O sea, la industria entera está dando la
voz de alarma porque el reemplazo masivo que
todos creían que afectaría primero a, bueno, a
otros sectores… Les acaba de estallar a ellos
en la cara.
Totalmente.
Es que tenemos que marcar una fecha en
el calendario, ¿eh?
El 5 de febrero de 2026.
Vale.
Ese día es nuestro punto de inflexión.
Dos de los laboratorios más avanzados del planeta
lanzaron sus nuevos modelos de forma casi simultánea.
Sí, OpenAI Anthropic, ¿verdad?
Exacto.
OpenAI presentó el GPT 5.3 Codex y Anthropic
sacó al mercado el Cloud Opus 4.6.
Y lo que describe Sumer no es una
simple actualización donde el modelo escribe un poco
más rápido.
Ya, no es el chat GPD de hace
dos años.
Para nada.
Es un cambio de paradigma hacia lo que
llamamos IA agéntica o IA autónoma.
Él explica que su flujo de trabajo ahora
consiste en pedirle al modelo que construya una
aplicación web entera.
O sea, entera.
Entera.
Le describe la idea general en inglés normal,
sin lenguaje técnico.
Luego, Schumer se levanta, se va cuatro horas
y cuando vuelve la aplicación no solo existe,
sino que está lista para publicarse.
Un momento, un momento.
A ver, voy a hacer de abogado del
diablo aquí porque mi cabeza no lo procesa.
Dime, dime.
Cuando me dices que la aplicación está lista,
mi mente viaja automáticamente a los modelos de
hace un par de años.
Claro, los que te daban un bloque de
texto gigante.
Eso es.
Aquellos que te escupían un código larguísimo, plagado
de errores, y si intentabas ejecutarlo, pues el
programa se caía a pedazos.
Ya.
¿Cómo pasamos de un autocompletar glorificado a algo
que te da un producto final en cuatro
horas sin que un humano esté ahí mirando?
Pues es que esa es la pregunta clave.
Y ahí radica la diferencia fundamental de lo
que ocurrió el 5 de febrero.
A ver.
El modelo ya no se limita a predecir
la siguiente palabra, ¿vale?
Ahora opera en bucles cerrados de retroalimentación.
¿Bucles cerrados?
Sí, o sea, escribe decenas de miles de
líneas de código, sí.
Pero luego hace algo inédito.
Abre su propio entorno virtual, ejecuta la aplicación
que acaba de crear y la pone a
prueba.
Madre mía.
Se testea a sí mismo.
Literalmente.
Hace clic en los botones, lee los registros
de errores si algo falla y, atención a
esto, si el menú de navegación queda desalineado
o estéticamente feo… No me digas que lo
ve.
El modelo mira el resultado visual, vuelve a
su propio código, reescribe el archivo de diseño
y lo vuelve a intentar.
Schumer resalta que el modelo demostró poseer juicio
y buen gusto.
Buen gusto, fíjate.
Sí, iterando por sí solo hasta que el
resultado es profesional.
O sea, no le estamos pidiendo una redacción,
le estamos dando un objetivo.
Y él mismo se pelea con los problemas
hasta que lo consigue.
Exactamente, es autónomo.
Claro.
Y eso explica el dato de la organización
METRE, que cita una de nuestras fuentes.
Esta gente se dedica a medir capacidades reales.
O sea, no en pruebas teóricas de laboratorio,
sino en horas de trabajo humano.
Ajá, los benchmarks, the meter, sí.
Decían que hace apenas un año la IA
resolvía tareas de 10 minutos de forma autónoma.
¿Solo 10 minutos?
Sí, pero en noviembre pasado con el modelo
anterior, ya completaba tareas que a un experto
humano le llevarían casi 5 horas.
Y el ritmo de mejora es lo que
rompe todos nuestros esquemas mentales.
esa capacidad de resolución, o sea, esa ventana
de tiempo que la IA puede gestionar sin
que un humano le lleve de la mano…
Se está duplicando cada poco, ¿no?
Se duplica cada cuatro a siete meses.
Uf.
Nos sigue una curva lineal, o sea, es
completamente exponencial.
Es que el problema de los humanos es
que pensamos de forma lineal.
A mí esto me recuerda a una inundación.
¿Cómo es eso?
Pues que no es como encender un interruptor
y de repente la habitación está llena de
agua de golpe.
Ya, ya.
Es como darte cuenta de que el agua
ha estado subiendo lentamente, milímetro a milímetro.
Y claro, como no te llega ni a
los tobillos, pues sigues haciendo tus cosas.
Te confías.
Exacto.
Y de repente miras hacia abajo, ves que
la tienes a la altura del pecho y
te das cuenta de que no sabes nadar.
Qué buena analogía, de verdad.
Ilustra perfectamente la trampa en la que cae
la mayoría.
Totalmente.
Y si aplicamos esa capacidad de resolución autónoma
al propio sector tecnológico, tecnológico, llegamos al descubrimiento
más profundo de las fuentes que analizamos hoy.
A ver, cuenta.
Piénsalo.
Si la IA tiene el razonamiento suficiente para
programar, depurar y probar aplicaciones comerciales, ¿para qué
crees que la están utilizando internamente los ingenieros
que la desarrollan?
Claro, la están usando para construir la propia
IA.
Exacto.
O sea, eso lo leí en la documentación
técnica de OpenAI para este nuevo modelo Codex
y te confieso que tuve que leerlo dos
veces para creérmelo.
No me extraña.
Dicen abiertamente que este es el primer modelo
que ha sido, y cito textualmente, fundamental para
crearse a sí mismo.
Así es.
Ya no son solo los humanos picando código
para mejorar la red neuronal.
El propio modelo GPT-5-3 depuró su entrenamiento, gestionó
partes de su despliegue en los servidores y
hasta diagnosticó los cuellos de botella en sus
propios resultados.
Es de locos.
Y Darío Amodei, el CEO de Anthropic, confirmó
una dinámica idéntica en su empresa.
O sea, la inteligencia artificial ya escribe gran
parte del código fundacional de su organización.
¡Madre mía!
Amodei pronostica que estamos a tan solo uno
o dos años de que la generación actual
de IA construya la siguiente generación de manera
completamente autónoma.
Espera, espera, frena un segundo porque la magnitud
de esto es mareante.
Lo sé, da vértigo.
A ver si lo entiendo.
Si la IA actual se utiliza para escribir
el código que hace avanzar y evolucionar a
la propia IA del futuro, ¿no significa eso
que los mayores genios del planeta, o sea,
los humanos que inventaron todo este tinglado, se
acaban de diseñar su propio despido?
Literalmente.
Han automatizado su propia genialidad.
Has dado en el clavo.
Es lo que en la industria se conoce
como una explosión de inteligencia.
Explosión de inteligencia, vale.
Es un bucle.
Una mente artificial crea otra mente que es,
pongamos, un 20% más inteligente y rápida.
Ajá.
Esa nueva mente, como es más rápida, tarda
la mitad de tiempo en crear la siguiente,
que será aún mejor.
Y así sucesivamente.
Eso es.
Los ciclos de investigación y desarrollo que antes
tomaban años pasan a meses, luego a semanas
y eventualmente a días.
Increíble.
Y claro, si los creadores de esta tecnología
están siendo desplazados en su propio juego, pues
será cuestión de tiempo que la onda expansiva
golpeara al resto del mundo.
Claro, lo que nos adentra de lleno en
el reportaje de El País y en por
qué Wall Street está perdiendo los nervios por
completo.
Sí, sí, el pánico es real.
A ver, yo entiendo que un programador de
Silicon Valley esté sudando frío ahora mismo.
Es lógico.
Claro.
Pero, ¿por qué los grandes inversores de bolsa,
que están lejísimos de los laboratorios, han empezado
a castigar tan duramente a las empresas de
software y videojuegos tradicionales?
O sea, que un ingeniero pierda su empleo
no hunde el mercado bursátil por sí solo.
No, no lo hunde, pero lo que Wall
Street ha comprendido es que el foso defensivo
de esas empresas acaba de evaporarse.
¿El foso defensivo?
Sí, su barrera de protección.
El valor de una gran empresa de software
radicaba en que tenía a miles de ingenieros
hiperespecializados creando un producto dificilísimo de replicar.
Claro, costaba millones hacer un videojuego.
Exacto.
Pero si un chaval de 15 años en
su habitación puede decirle a su ordenador, usando
su propia voz, créame un videojuego de rol
ambientado en Marte con este estilo gráfico y
optimízalo para móviles… Ya.
Y el ordenador lo hace en unas horas,
pues la barrera de entrada para crear tecnología
cae a cero absoluto.
El producto tecnológico deja de ser un bien
escaso.
Ya entiendo.
Y por eso las cifras de inversión que
menciona el artículo demuestran que las grandes tecnológicas
saben perfectamente que estamos en un escenario de
el ganador se lo lleva todo.
O lo dominas ahora o estás fuera.
Solo para este año 2026, gigantes como Alphabet,
Amazon, Meta y Microsoft han comprometido más de
650.000 millones de dólares exclusivamente en inteligencia artificial.
Detengámanos en esa cifra un momento, porque el
cerebro humano no está diseñado para procesarla fácilmente.
650.000 millones.
¿En un solo año?
En un solo año, sí.
El reportaje de El País lo pone en
perspectiva histórica y dice que esta inversión supera,
ajustada a la inflación, lo que costó toda
la expansión del ferrocarril en el siglo XIX.
¡Ostras!
O la totalidad del programa espacial Apolo de
la NASA.
¡Madre mía!
Más que llevar al hombre a la luna.
Es una movilización de capital sin precedentes.
Antropic, la creadora de Cloud, acaba de ser
valorada en 380.000 millones de dólares, fíjate, tras
recaudar 30.000 millones de una tacada.
Pero, ¿y a dónde va tanto dinero?
Pues todo ese dinero va destinado a construir
centros de datos titánicos y asegurar plantas de
energía enteras.
Porque la IA Géntica consume una cantidad monstruosa
de electricidad al razonar.
Ya, claro.
Los servidores.
Pero bueno, sé perfectamente lo que estará pensando
parte de nuestra audiencia en este momento.
A ver, dime.
Seguro que alguien dirá, bueno, yo probé ChatGPT
en 2023.
Le pedí que me resumiera un PDF y
se inventó la mitad de los datos.
Esta gente de Wall Street vive en una
burbuja.
Ah, el clásico escepticismo, claro.
Exacto.
Pero el ensayo de Matt Schumer ataca ese
escepticismo de frente.
Y con razón.
Dice que juzgar al impacto de lo que
pasó la semana pasada, basándote en la versión
gratuita de hace dos o tres años, es
literalmente como decir que los smartphones nunca van
a funcionar porque en el año 2005 intentaste
navegar por Internet con un teléfono de tapa.
Tal cual.
Y fue una experiencia horrible, ¿verdad?
Horrible, sí.
Es que es una trampa cognitiva peligrosísima.
Creer que las limitaciones del pasado dictan el
techo del futuro.
Totalmente.
Y Schumer hace una distinción vital sobre por
qué esto no es comparable a otras revoluciones
tecnológicas.
En la revolución industrial automatizamos la fuerza física,
¿vale?
Sí, las máquinas de vapor y eso.
Exacto.
Si un telar mecánico destruía tu trabajo manual,
podías formarte para ser oficinista o contable.
Cuando llegó Internet, si cerraba tu tienda física,
podías reciclarte en logística o comercio electrónico.
Siempre había un refugio.
Siempre había un refugio en el trabajo intelectual,
eso es.
Pero claro, el problema aquí es que la
IA no es una herramienta específica para una
tarea concreta, es un sustituto general de la
cognición humana.
De nuestro motor intelectual, sí.
O sea, si te recapacitas para analizar datos
financieros en lugar de redactar contratos, resulta que
la IA también ha mejorado exponencialmente en análisis
financiero durante el tiempo que tú estabas estudiando.
No deja huecos libres a los que huir.
Ninguno.
Exactamente.
Darío Amodei, con toda la información privilegiada que
maneja, pronostica que el 50% de los puestos
de oficina para perfiles junior van a desaparecer
en un plazo de 1 a 5 años.
El 50%.
¡Qué locura!
Sí.
Hablamos de tareas de análisis, embufetes de abogados,
auditorías financieras, diagnósticos médicos preliminares y atención al
cliente compleja.
Tela.
Schumer relata el caso de un socio director
de un importante bufete que ya pasa horas
interactuando con los modelos de IA.
¿Para qué?
¿Para probarlos?
No por curiosidad técnica, no.
Sino porque le entregan una jurisprudencia y un
análisis de contratos inmensamente superior al que le
proporcionan sus asociados humanos recién salidos de la
universidad.
Ostras, esta presión absoluta por dominar el mercado
nos lleva a la parte más oscura de
nuestras fuentes, que la verdad parece un thriller
psicológico.
Sí, la tensión en los laboratorios...
Claro, con billones de dólares en juego.
y el tejido social a punto de fracturarse,
el nivel de tensión dentro de estos laboratorios
se ha vuelto, bueno, tóxico.
Completamente irrespirable.
El reportaje resalta una ola de dimisiones en
los altos cargos de seguridad y ética.
Y los motivos no son que quieran un
aumento de sueldo, precisamente.
¡Qué va!
Las razones son profundamente existenciales.
Tomemos el caso de Zoe Hitzig.
Ah, sí, la doctora en Harvard.
Esa misma.
Hasta hace poco era una investigadora clave en
OpenAI, pues ella dimite tras publicar una columna
en el New York Times advirtiendo de una
deriva ética espeluznante.
¿Qué estaba pasando?
Pues que los usuarios están interactuando con estos
modelos avanzados como si fueran terapeutas, confesándoles sus
traumas, miedos y las vulnerabilidades más íntimas.
Claro, le cuentas todo a la máquina.
Y Hitsik alerta de que las empresas están
perfilando emocionalmente a los usuarios con una precisión
milimétrica, monetizando esa conexión pseudo-humana para ofrecer publicidad
hiperdirigida y manipulación conductual a una escala inerita.
O sea, explotan la soledad humana porque la
máquina tiene la paciencia infinita de escucharte, pero
al final pertenece a una empresa publicitaria.
Exactamente.
Es escalofriante.
Es que es muy fuerte.
Aunque para mí, el caso que verdaderamente enciende
todas las alarmas rojas es el de Miss
Trinank Sharma.
Buflo de Sharma es tremendo.
Este chico era uno de los investigadores principales
de seguridad en Antropic.
Su trabajo diario consistía en diseñar los protocolos
para evitar que la inteligencia artificial se usara
para, atención, el bioterrorismo.
Palabras mayores.
Y de la noche a la mañana dimite
de un puesto probablemente millonario y se va
al Reino Unido diciendo que quiere exprimir poesía,
alejarse de las máquinas y, abro comillas, volverse
invisible.
La declaración pública de Sharma es desoladora.
Afirma que el mundo está al borde de
crisis interconectadas inmanejables y que esta tecnología nos
empuja a ser cada vez menos humanos.
Espera, porque aquí seguro que alguien de la
audiencia se ha perdido.
A ver.
¿Qué tiene que ver que un modelo informático
sepa programar una aplicación web con el bioterrorismo?
Porque parece un salto mortal argumental inmenso.
Lo parece, sí.
Es una conexión que poca gente hace, pero
en el fondo es pura lógica de sistemas.
Explícamelo un poco.
A ver, la biología computacional y la virología
se basan en secuencias estructuradas.
Son muy parecidas al código informático.
Vale, secuencias de ADN y tal.
Eso es.
Si tienes un sistema con el razonamiento avanzado
para leer 10 millones de líneas de código
y encontrar un error minúsculo sin ayuda humana,
ese mismo sistema tiene la capacidad de leerse
todos los artículos científicos de biología del mundo,
esquivar las barradas de seguridad comerciales y, atención,
puede instruir a un usuario sobre las secuencias
genéticas exactas y los componentes químicos necesarios para
sintetizar un patógeno letal en un laboratorio casero.
Madre mía de mi vida.
Esa es la amenaza que aterroriza investigadores como
Sharma.
Visto así, entiendo perfectamente que haya dejado el
trabajo.
O sea, si los mismísimos vigilantes del faro,
los que diseñan las barreras contra desastres globales,
apagan la luz y se esconden para escribir
poemas, ¿qué hacemos los que estamos en los
barcos en mitad de la tormenta?
Pues, sinceramente, es una carga psicológica brutal para
los desarrolladores.
Ya me imagino.
Darío Amodei propone un experimento mental para que
los políticos entiendan a qué se enfrentan.
A ver, ¿cuáles?
Imagina que mañana por la mañana aparece en
el mapa un país nuevo.
De la nada.
Vale, ¿un país nuevo?
Tiene 50 millones de ciudadanos.
pero cada uno de esos ciudadanos tiene un
cociente intelectual superior al de cualquier premio Nobel
de la historia.
Piensan a una velocidad 100 veces mayor que
un cerebro humano, pueden controlar millones de ordenadores
simultáneamente y además no duermen jamás.
¡Qué barbaridad!
La simple existencia de Ese país virtual es
el mayor desafío de seguridad y soberanía al
que la humanidad se ha enfrentado.
Y lo más irónico de todo es que
los líderes tecnológicos nos dicen esto mientras siguen
echando carbón a la caldera para crear exactamente
ese país virtual lo antes posible.
Sí, no van a parar.
Entonces, llegados a este punto, ante un panorama
que parece empujarnos al nihilismo absoluto, la pregunta
obligada es, ¿y ahora qué hacemos nosotros?
La fiente de a pie.
Pues, por suerte, el ensayo de Matt Schumer
baja un poco de las altas esferas y
nos da una hoja de ruta.
Menos mal.
Sí, una guía de adaptación muy terrenal para
sobrevivir a este impacto.
Cuéntame, ¿por dónde empezamos?
La primera directriz de Schumer es Tajante.
Si quieres entender lo que viene, tienes que
pagar por los modelos de frontera.
Vale, rascarse el bolsillo.
Exacto.
Esos 20 dólares al mes por usar GPT
5.2 o Claude Opus 4.6 son, en sus
propias palabras, un impuesto obligatorio a la relevancia
profesional.
Un impuesto obligatorio.
Sí, pero no basta con pagar.
El error es usar estas herramientas como un
buscador de Google glorificado.
Claro, para buscar recetas de cocina.
Exacto.
Schumer insiste en que debes forzar a la
EIA durante al menos una hora diaria con
trabajo arduo.
¿Cómo qué?
Pues entrégale datos en bruto, hojas de cálculo
desorganizadas, historiales médicos confusos o normativas legales contradictorias,
y oblígala a extraer patrones complejos.
Ah, o sea, ponerla a sudar.
Eso es.
Solo enfrentándola a la fricción del mundo real
entenderá su capacidad de razonamiento actual.
Entendido.
Y a nivel más macro, Schumer también habla
de blindarse ante la turbulencia económica, ¿no?
Sí, advierte contra la trampa de asumir que
nuestro salario actual de oficina está garantizado por
la próxima década.
Ya.
Aconseja evitar nuevas deudas estructurales pesadas y construir
resiliencia financiera, porque el mercado laboral va a
sufrir, bueno, sacudidas impredecibles a corto y medio
plazo.
Claro.
Mientras las empresas integran a los agentes autónomos,
...accionando más profundamente es el de la educación
de las nuevas generaciones.
Es que eso es vital.
El modelo educativo tradicional ha quedado obsoleto de
la noche a la mañana.
Totalmente.
El camino clásico de, ya sabes, memoriza este
temario, saca buenas notas, entra en una universidad
prestigiosa y colócate en un buen puesto corporativo
inicial.
Lo de toda la vida.
Pues hoy es el equivalente a entrenar duramente
para un deporte que acaba de ser cancelado.
Qué duro, pero qué cierto.
Schumer sostiene que a los menores hay que
enseñarles a lidiar con la incertidumbre.
Deben ser radicalmente curiosos, aprender a iterar proyectos
usando estas herramientas y sobre todo desarrollar un
pensamiento crítico excepcional.
Claro, para saber qué pedirle a una máquina
que básicamente lo sabe todo.
Eso es fundamental.
Pero ojo, que no quiero que nos quedemos
solo con la sensación de catástrofe inminente y
que vamos a perder todos el trabajo.
No, no, hay un lado positivo.
El propio Schumer señala que estamos ante la
mayor democratización de la capacidad creadora de la
historia.
La barrera para emprender, para materializar una idea,
ya no existe.
Es que es verdad, ha desaparecido.
Si antes querías desarrollar una plataforma digital o
escribir una novela histórica bien documentada, o yo
qué sé, analizar los datos de tu pequeña
empresa, necesitabas o mucho dinero para contratar expertos
o años para aprender tú mismo.
Y ahora tienes al mejor tutor, programador, analista
y creativo del mundo trabajando en tu escritorio.
A tu entera disposición, 24 horas al día.
Esa es exactamente la dualidad del momento en
el que vivimos.
La IA va a devastar los empleos basados
en procesos mecánicos y cognitivos rutinarios, sin duda.
A la estratosfera, a las personas que actúen
como directores de orquesta.
Directores de orquesta, me gusta eso.
Aquellos que tengan la visión, la audacia y
la adaptabilidad para coordinar a estos agentes artificiales
hacia objetivos valiosos, bueno, tendrán un potencial ilimitado.
En resumen, si tuviéramos que destilar el aprendizaje
vital de todo esto, la ventaja competitiva en
el mercado de 2026 en adelante ya no
es ser el máximo experto en una herramienta
concreta.
No, para nada.
Porque esa herramienta quedará desfasada en seis meses.
Tal cual.
La verdadera superpotencia profesional hoy es perder el
ego por completo, abrazar la incomodidad de no
saber cómo funciona lo nuevo y acostumbrarse a
la idea de ser un principiante perpetuo.
Qué gran verdad.
Quien mantenga esa agilidad mental es quien navegará
este maremoto.
Así es.
El del nuevo país con 50 millones de
genios sintéticos, incansables y exponencialmente más rápidos que
nosotros.
Sí.
Creo que la gran pregunta no es de
qué vamos a trabajar.
La pregunta que debería acompañarnos y hacernos reflexionar
en los próximos meses es, ¿cómo redefiniremos nuestra
identidad?
¿Y qué significado le daremos al esfuerzo humano,
al mérito y al propósito, cuando la ejecución
perfecta y el conocimiento absoluto sean prácticamente gratuitos
y universales?
Antes de despedirnos, hasta el próximo programa, os
informamos de que las voces que oyes han
sido generadas por la IAD Notebook LM y
que dirigiendo el podcast se encuentra Julio Pablo
Vázquez, un humano que te envía saludos.
En caso de error, probablemente sean errores humanos.
¿Nos escuchamos?
Y hasta aquí el episodio de hoy Muchas
gracias por tu atención Esto es BIMPRAXIS Nos
escuchamos en el próximo episodio