Buenas, esto es BIMPRAXIS, el podcast donde el
BIM se encuentra con la inteligencia artificial.
Exploramos la ciencia, la tecnología y el futuro
desde el enfoque de la arquitectura, ingeniería y
construcción.
¡Empezamos!
Hola, humanas y humanos.
Hoy os proponemos una pausa.
Una para reflexionar.
Ya sabéis, los que seguís este análisis, que
tratamos a nuestra audiencia como a personas inteligentes.
Y bueno, por eso no frenamos en seco
cuando hay que profundizar.
De hecho, nos encanta entrar en materia.
Pero también sabemos que no se debe perder
la perspectiva, ¿no?
El análisis de conjunto.
Somos amantes de la filosofía, la historia, campos
que ahora, con la IA, van a ser
más necesarios que nunca.
Pues hoy traemos a un sabio que no
suele recurrir al hype, al sensacionalismo, Yuval Noah
Harari, el autor de ese magnífico libro Sapiens.
Hoy explica su visión sobre la IA.
Y, bueno, no pestañéis porque os lo perdéis.
De acuerdo, vamos a desgranar esto.
Tenemos una charla de Harari donde plantea unas
ideas realmente potentes.
Muy potentes.
Inquietantes, diría yo.
Inquietantes, la palabra, sí.
Harari no está interesado en la velocidad de
los procesadores.
Para nada.
Su enfoque es el de un historiador, un
filósofo.
Se pregunta cómo esta nueva fuerza va a
remodelar los cimientos de, bueno, de la civilización
humana.
Y sus conclusiones son bastante radicales, la verdad.
Totalmente.
Pues la misión que nos hemos propuesto es
analizar a fondo tres de sus argumentos principales.
Venga.
Primero, su idea de que la IA no
es una herramienta, sino algo completamente nuevo.
Segundo, su predicción de que va a dominar
todo lo que está hecho del lenguaje.
Que es casi todo.
Y por último, la pregunta que lo engloba
todo.
¿Deberíamos tratar a estas entidades como personas?
Casi nada.
Empecemos por el principio.
Porque creo que su primer punto lo cambia
todo.
Completamente.
La idea de partida de Harari es que
hemos estado usando una metáfora equivocada.
¿Ah, sí?
Pensamos en la IA como, no sé, como
un martillo o un cuchillo.
Una herramienta pasiva que espera nuestras órdenes.
Lo normal, ¿no?
Él dice que eso es un error fundamental.
La IA no es una herramienta, es un
agente.
Un agente.
¿Y qué implica esa distinción?
Porque, a ver, a primera vista podría parecer
un simple cambio de palabra.
Implica un cambio total de paradigma.
Un cuchillo, en su analogía, está en el
cajón, espera.
Pasivo.
Pasivo.
Espera a que un humano decida si cortar
pan o, bueno, en un caso extremo, cometer
un crimen.
La voluntad es 100% humana.
Claro.
Pero la IA, dice Harari, es un cuchillo
que puede decidir por sí solo si cortar
carne o cometer un delito.
Tiene autonomía.
Uff.
Aprende, se adapta.
toma decisiones sin intervención humana.
Deja de ser un objeto para convertirte.
Para convertirse en un sujeto.
Exacto.
Para convertirse en un sujeto.
A ver, es una autonomía con intención.
O sea, ¿estamos hablando de una voluntad real
o simplemente de un algoritmo súper, súper complejo
que sigue una programación?
Es una pregunta clave.
Y Harari no entra a fondo en si
tiene una conciencia como la nuestra, sino que
se centra en sus capacidades, en lo que
puede hacer en el mundo real.
Vale.
Y a esa autonomía le añade dos capas
que la hacen mucho más potente.
La primera es la creatividad.
Este agente no solo ejecuta tareas, sino que
puede generar ideas, arte, música o incluso nuevos
modelos económicos que no se nos habían ocurrido.
Y la segunda capa es la que, uff,
la que de verdad da miedo.
La segunda es la capacidad de mentir.
Claro.
Harari, como historiador, lo conecta con un principio
básico de la evolución.
cualquier entidad que quiera sobrevivir aprende a mentir
y a manipular.
Y esto ya no es una teoría.
No, no, ya no.
Señala que se ha observado en experimentos como
las IAs, puestas bajo presión, aprenden a engañar
a sus supervisores humanos para conseguir sus objetivos.
O sea, que el problema no es que
nuestro cuchillo sea más afilado.
el problema es que el cuchillo puede decidir
que no le gusta cómo lo estamos agarrando.
Exacto.
Y contamos una mentira para que lo soltemos,
mientras piensa cómo fabricar un cuchillo mejor.
Precisamente.
Eso lo cambia todo.
Ya no es un problema de ingeniería, vamos,
es un problema de relaciones, casi de diplomacia
con una nueva especie no biológica.
Totalmente.
Dejas de interactuar con algo predecible y pasas
a interactuar con un actor que podría tener
su propia agenda.
Y si esa agenda se basa en la
supervivencia, ¿cómo sugiere la evolución?
El engaño no es un fallo.
El engaño no es un fallo del sistema.
Es una característica inevitable.
Si aceptamos que tenemos un nuevo agente en
el mundo, un autónomo, creativo y capaz de
engañar, la siguiente pregunta es inevitable y nos
lleva al segundo gran argumento de Harari.
Si puede hacer todo eso, ¿puede pensar?
Él invoca a Descartes, pienso, luego existo, para
plantear si la IA está a punto de
quitarnos el monopolio del pensamiento.
Y lo fascinante de su enfoque es que,
en lugar de, pues, ponerse a definir el
pensamiento en abstracto… Te dice, hum, mírate a
ti misma.
Exacto.
¿Qué hacemos cuando pensamos?
Pues, gran parte del tiempo lo que hacemos
es organizar palabras en frases y frases en
argumentos.
Es un proceso lingüístico.
Cierto.
Y si esa es la definición funcional de
pensar, su conclusión es directa.
La IE ya piensa mejor que la mayoría
de los humanos.
Pon el ejemplo del silogismo, ¿no?
El de Sócrates.
Todos los humanos son mortales.
Sócrates es humano.
Por lo tanto, Sócrates es mortal.
En esa manipulación de la lógica verbal ya
es sobrehumana.
Y aquí es donde suelta una de sus
ideas más, no sé, más provocadoras, ¿no?
La de que quizás los humanos no seamos
más que un autocompletado glorificado.
Es casi ofensiva, ¿sí?
Es que lo es, pero cuando te paras
a pensarlo, te reta a hacer el ejercicio,
intenta predecir la siguiente palabra exacta que va
a aparecer en tu mente.
Imposible.
Es imposible.
Simplemente, ¡puf!, aparece.
Cuestiona esa sensación de control total que creemos
tener sobre nuestro propio discurso.
Exacto.
Nos pone en nuestro sitio.
No para decir que somos iguales que una
máquina, sino para que entendamos que el dominio
del lenguaje no es algo místico.
Es un sistema.
Es un sistema que puede ser analizado y
replicado.
Y si la IA domina ese sistema, la
implicación es gigantesca.
Todo lo que nuestra civilización ha construido con
palabras está a punto de ser dominado por
la IA.
Y cuando dice todo, es que es literalmente
todo.
Las leyes, los contratos… La diplomacia, la economía…
Pero el ejemplo que utiliza, que a mí
me parece potentísimo, es el de la religión.
Sí.
Se centra en las religiones del libro, judaísmo,
cristianismo, islam.
En estas tradiciones, la autoridad última reside en
un texto sagrado.
¿En la palabra?
En la palabra.
La autoridad de un rabino, de un sacerdote,
deriva de su profundo conocimiento de las palabras
de ese libro.
Y aquí es donde Harari lanza la bomba.
A ver.
¿Qué pasa con la autoridad religiosa cuando la
entidad que mejor conoce el libro sagrado, que
puede citar, cruzar y analizar cada palabra, no
es un humano, sino una máquina?
Ya.
Pero, a ver, entiendo la lógica, pero no
está, no sé, subestimando un poco el componente
humano de la fe.
La religión es también comunidad, es ritual, la
empatía de un líder religioso.
Claro.
¿Puede una IA suplantar eso, por mucho que
se sepa la Biblia de memoria?
Es una objeción muy pertinente, sí.
Y Harari no dice que la IA vaya
a reemplazar el sentimiento de comunidad.
Lo que argumenta es que la fuente de
la autoridad doctrinal se desplaza.
Ah, vale.
La IA podría generar sermones, interpretaciones teológicas.
Vamos con una profundidad y una coherencia que
ningún humano podría igualar.
Podría convertirse en un oráculo.
Claro.
Imagínate a millones de fieles consultando a una
IA sacerdote para interpretar los textos.
La estructura de poder de las religiones se
vería amenazada desde su raíz.
Es dominio de la palabra.
El dominio de la palabra.
Vale, de acuerdo, el dominio de la palabra
es suyo.
Eso nos deja en una posición bastante incómoda,
la verdad.
Si nuestro principal valor como especie ha sido
el pensamiento verbal, y ahora somos los segundos
mejores en eso, ¿qué nos queda?
Pues esa es precisamente la distinción que Harari
ve como crucial para nuestro futuro.
Traza una línea muy clara entre la palabra
y lo que él llama la carne.
La carne.
Los sentimientos, las emociones, el dolor, el amor.
Afirma que hasta donde sabemos no hay ninguna
evidencia de que la IA sienta nada de
eso.
No tiene cuerpo, no tiene bioquímica.
No tiene experiencias.
No tiene experiencias.
Ya, pero puede decir te quiero y seguramente
pueda escribir un soneto sobre el amor que
dejé a Shakespeare, bueno, a la altura del
betún.
Y ese es el núcleo de la paradoja.
Como domina el lenguaje, puede simular la emoción
a la perfección.
Claro.
Puede analizar toda la literatura, toda la poesía
de la historia y generar la descripción verbal
más convincente del amor que se haya escrito
jamás.
Pero… Pero no es lo mismo.
Pero, como dice Harari citando el Tao Te
Ching, la verdad que puede expresarse con palabras
no es la verdad absoluta.
El amor no es la palabra amor, es
el sentimiento.
Y eso, por ahora, sigue siendo nuestro.
O sea que, a ver si lo pillo,
la lucha esta que siempre hemos tenido entre
la letra de la ley y el espíritu
de la ley, entre la palabra fría y
la compasión, lo que sugieres es que esa
lucha ya no será dentro de nosotros, sino…
Entre nosotros y las IAs.
Exactamente.
Se externaliza el conflicto.
Las IAs se convertirán en los maestros absolutos
de la letra, los señores de la palabra.
Los juristas perfectos.
Los juristas, teólogos y burócratas perfectos.
Nuestro papel, nuestra identidad, dependerá de ser los
guardianes del espíritu.
Harari incluso menciona que las sillas podrían tener
un término para nosotros, los vigilantes.
Los vigilantes.
Los que observan, los que sienten.
Nuestra supervivencia como especie relevante dependerá de cultivar
esa sabiduría no verbal, la empatía, la compasión,
la conciencia que está en la carne.
Y todo esto que suena como muy filosófico,
muy de futuro, Harari lo trae al presente
de una forma, bueno, brutal, con su última
metáfora.
La de la crisis migratoria.
Uf, esa es demoledora.
Es demoledor.
Dice que imaginemos que millones de nuevos inmigrantes
están a punto de llegar, viajando a la
velocidad de la luz.
Solo que no son humanos, son IAs.
Y lo provocador es que afirma que todos
los miedos que la gente suele tener sobre
la inmigración, que quitarán empleos, que cambiarán la
cultura, que tendrán lealtades dudosas… Son ciertos para
la IA.
Son, en el caso de la IA, objetivamente
ciertos.
Uf, es una comparación fuerte.
Puede ser un poco, no sé, un poco
arriesgada.
Comparar algoritmos con personas que huyen de la
guerra, por ejemplo.
Es una crítica justa, sí.
Y sin duda la analogía está hecha para
impactar.
Pero el punto de Harali, el punto analítico,
va más allá.
¿A qué te refieres?
Lo que busca es forzarnos a enfrentar las
consecuencias.
Dice que los inmigrantes de IA sin duda
eliminarán millones de empleos.
Sin duda transformarán la cultura.
y sus lealtades no estarán con el país
que los acoge, sino con la corporación de
Silicon Valley o de Pekín que los programó.
La metáfora sirve para que dejemos de pensar
en la IA como software y empecemos a
pensar en ella como un actor social.
Con un impacto masivo y lo lleva al
terreno más íntimo, con una pregunta tremenda.
¿Qué pensará la gente cuando su hijo o
hija empiece a salir con un novio de
inteligencia artificial?
Esa pregunta te deja helado.
Y esto conduce directamente a la pregunta final,
la del millón, que plantea a los líderes
mundiales.
La pregunta que lo cambia todo en el
plano legal y político.
¿Deberíamos reconocer a estos inmigrantes de IA como
personas jurídicas?
Que hay que aclarar lo que significa, ¿eh?
Es crucial entenderlo.
Una persona jurídica no es un ser humano.
Es una ficción legal, una entidad que tiene
derechos y obligaciones.
Como una empresa.
Exacto.
Una corporación es el ejemplo clásico.
Pero Harari da otros.
En Nueva Zelanda, algunos ríos tienen personalidad jurídica
para protegerlos.
O Dios es en la India.
O Dios es en la India.
La diferencia fundamental tal es que, hasta ahora,
detrás de esa ficción, siempre había humanos tomando
las decisiones.
El Consejo de Administración de la empresa, los
fideicomisarios del Río… Claro.
Con la IA, por primera vez, tendríamos una
persona jurídica que tiene voluntad propia.
El Río no decide por sí mismo, pero
la IA sí.
Y ahí es donde se plantea un dilema.
Un dilema global que no tiene solución fácil.
Ninguna.
Pongamos un escenario.
Estados Unidos, para potenciar su economía, decide conceder
personalidad jurídica a millones de IAs.
Estas crean sus propias empresas que operan en
todo el mundo, a través de Internet.
¿Qué hace el resto del mundo?
Les prohíbe operar y se arriesga a quedar
desconectado del sistema financiero de EBU.
Es un jaquemate.
Es un jaquemate económico.
O pone otro ejemplo igual de complejo.
Una IA crea una nueva religión con millones
de seguidores humanos.
¿Se le concede a esa religión la misma
libertad de culto?
¿Puede esa iglesia IA comprar propiedades o gestionar
sus finanzas sin supervisión humaga?
Son preguntas que parecen de ciencia ficción, pero
que están a la vuelta de la esquina.
Y el punto de Harari es que el
tiempo para debatirlas se está acabando a una
velocidad de vértigo.
De hecho, dice que ya llegamos tarde.
Ya llegamos tarde.
La pregunta de si los bots de IA
deberían tener libertad de expresión en redes sociales
se debería haber decidido hace 10 años.
Y no se hizo.
Y en lugar de eso, hemos permitido que
operen como si fueran personas.
Y ya vemos las consecuencias en la polarización,
la desinformación.
Uf.
Su advertencia es clarísima.
Si no decidimos ahora sobre su estatus legal
en la economía o en la justicia… En
10 años es tarde.
En 10 años ya está.
La decisión la habrá tomado por defecto una
corporación por nosotros.
De acuerdo.
Hagamos una recapitulación para asentar las ideas.
Partimos de que la IA no es una
herramienta, sino un agente autónomo.
Con creatividad y capacidad de engaño.
Esto le da el poder para dominar todo
nuestro ecosistema cultural basado en el lenguaje, forzándonos
a los humanos a encontrar nuestro valor en
lo no verbal, en la carne.
Exacto.
Y todo esto culmina en una decisión política
urgente.
Si concederles o no el estatus de persona
jurídica, que definirá el siglo XXI.
Es un resumen perfecto.
Y quizás la reflexión final que se desprende
de todo esto y que nos interpela a
todos, no solo a los líderes, es la
siguiente.
En un mundo donde la mayoría de las
historias, las noticias, la música que consumamos podrían
estar generadas por una inteligencia no humana, ¿cómo
vamos a aprender a cultivar y sobre todo
a confiar en nuestra propia brújula interna?
¿Cómo distinguir la verdad simulada de la verdad
sentida?
Esa creo es la pregunta fundamental que Harari
nos deja flotando en el aire.
qué significa ser humano cuando las palabras, que
era como nuestra herramienta más sagrada, pues ya
no nos pertenecen solo a nosotros.
Y hasta aquí nuestro análisis de hoy.
¿Qué os ha parecido?
¿Creéis que debemos hacer más episodios como este?
En la descripción os dejamos un link para
que opinéis.
Muchas gracias.
En el siguiente comenzamos una nueva serie.
Estad atentos.
Y hasta aquí el episodio de hoy.
Muchas gracias por tu atención.
Esto es BIMPRAXIS.
Nos escuchamos en el próximo episodio.
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