Buenas, esto es BIMPRAXIS, el podcast donde el BIM se encuentra con la inteligencia artificial.
Exploramos la ciencia, la tecnología y el futuro desde el enfoque de la arquitectura, ingeniería y construcción.
¡Empezamos!
Bienvenidos a un nuevo análisis de BIMPRAXIS.
A ver, la fuente que vamos a explorar hoy es un poco distinta a lo que solemos traer.
Sí, es diferente, sí.
No es un paper académico, tampoco una noticia de última hora, es la publicación de un blog.
Correcto.
Concretamente, un ensayo de Dean W. Ball, de su blog Hyperdimensional.
Se titula Measure Up, que podríamos traducir como Estar a la altura.
Y el punto de partida, bueno, es sorprendente.
Cuanto menos, porque parece que va sobre música clásica, piano, sonatas, Beethoven.
De hecho, el propio autor nos lo advierte al principio.
Dice,
Es que esa advertencia es necesaria.
La analogía que construye es tan detallada que por un momento podrías pensar que te has equivocado de programa.
Totalmente.
Pero ahí está la genialidad.
Utiliza una revolución tecnológica y artística del pasado, la del piano,
como un espejo increíblemente nítido para entender lo que vivimos ahora con la inteligencia artificial.
Pues esa es nuestra misión hoy.
Desentrañar esa analogía.
Ver cómo la historia de un instrumento del siglo XIX,
nos puede dar claves, un marco mental, para pensar en esta revolución.
Pues vamos a ello.
Empecemos por el principio.
Bayel nos lleva a la Viena de finales del XVIII.
Y la imagen que pinta de un concierto de piano es…
Inesperada.
Sí, totalmente.
Nos pide que nos olvidemos de la sala de conciertos en silencio.
En esa época, una sonata era entretenimiento de fondo.
Música de ambiente, casi.
Exacto.
La gente charlaba, jugaba a las cartas.
La música era un acompañamiento.
Pero no el centro.
Y esto no era por falta de respeto, sino por las limitaciones del propio instrumento.
Se refiere al fortepiano.
Lo describe como un híbrido entre un piano moderno y un clavecín.
Imagino que no tenía la potencia que conocemos hoy.
Ni de lejos.
Era un instrumento delicado, con un sonido algo metálico y un rango dinámico muy, muy limitado.
No podía llenar una sala, no podía susurrar y luego rugir.
Era, en fin, una herramienta contenida.
Pero claro, llega la revolución industrial y la historia se acelera.
Y según Ball, no es que alguien inventara de repente el piano moderno, ¿no?
No es un único invento.
No.
Y ese es un paralelismo clave con la IA.
Fue una acumulación constante de mejoras.
Los marcos de madera se cambian por marcos de hierro fundido que aguantan mucha más tensión.
Cuerdas más resistentes.
Las cuerdas pasan a ser de acero, se perfeccionan los pedales, los martillos.
O sea, cada pieza del hardware, por usar un término,
de ahora, se fue haciendo más y más precisa.
Ball lo llama una mejora radical en la interfaz de usuario del piano.
Me parece una forma muy moderna de verlo.
Es que lo es.
El instrumento, de repente, podía ser muchísimo más.
Tenía un rango dinámico brutalmente mayor.
Podía pasar de un susurro a un trueno.
Y justo en ese momento.
Justo en medio de esa efervescencia tecnológica, en esa ventana de oportunidad,
aparece en Viena un joven compositor y pianista con una energía,
desbordante, Ludwig van Beethoven.
Claro, él no se encontró con el viejo fortepiano.
Él tuvo acceso a estos nuevos instrumentos,
a los de fabricantes como Broadwood, los superordenadores de la época, vamos.
Y no se limitó a usarlos, los llevó al límite absoluto.
Ball llega a afirmar algo muy, muy contundente.
El qué?
Que el estilo característico de Beethoven era literalmente tecnológicamente
imposible para sus predecesores, para Mozart o Haydn.
Imposible.
Es que era...
Ahora sí, pensemos en uno de sus recursos más icónicos, el esforzando.
Esas explosiones de volumen.
Esas mismas.
Pasar de la caricia al puñetazo en un segundo.
Si intentas hacer eso en un fortepiano de 1780, no sólo no suena igual,
es que corrías el riesgo de romperlo.
Beethoven componía para el nuevo hardware.
El autor documenta una progresión que es fascinante.
En 1799, Beethoven publica la Sonata patética y describe el acorde inicial como
masivo y ominoso.
Y añade que probablemente ese acorde
habría reventado los pianos fabricados sólo cinco años antes.
Qué barbaridad.
Es una escalada.
La visión del artista contra la capacidad de la herramienta.
Después vendría en la Claro de Luna,
la Ballstein y la culminación, la Hammerklavier.
Beethoven era famoso entre los fabricantes
porque rompía las cuerdas y los martillos constantemente.
O sea que no era torpeza.
Era que su imaginación musical iba un paso por delante de la ingeniería de la época.
Exacto.
Superaba la capacidad física de la herramienta.
Y este cambio, claro, no afectó sólo a la música.
Afectó a la experiencia cultural.
Ahí es cuando se deja de jugar a las cartas en los conciertos.
Justo cuando un instrumento puede
susurrarte al oído y un segundo después hacer temblar los cimientos.
Exige tu atención.
El público pasó del murmullo al silencio reverencial.
Y según Ball, ahí nace la figura del artista moderno.
Un visionario que nos transporta.
Una simbiosis entre el genio y una tecnología superior.
La idea era suya, pero no podría ni haberse concebido sin ese nuevo instrumento.
No habría sido posible.
Vale, tenemos a Beethoven empujando los límites de un nuevo hardware.
Es una imagen muy potente, pero el autor no se queda ahí.
Nos trae de vuelta a nuestro tiempo de una forma muy personal.
Sí, y el giro es brillante.
Después de toda esta historia épica,
Ball cambia de plano y empieza a hablar de su propio instrumento.
Su portátil.
Su portátil.
Un MacBook Air básico que compró en 2020 en plena pandemia.
Y describe todo lo que hizo con esa máquina.
Dirigir una fundación, reinventar su carrera, comprar una casa.
Es el piano Broadwood de Beethoven, pero en el siglo XXI.
Una herramienta para ejecutar su voluntad.
Pero lo interesante es la conclusión que saca sobre la naturaleza de esa herramienta.
Ese es el núcleo.
Describe el portátil como un servidor
neutral e infalible.
Y cito textualmente, porque es clave.
Nunca intentó detenerme o ralentizarme.
Le servía igual si acertaba que si cometía un error garrafal.
Exacto.
Una herramienta pura, sin juicio, un amplificador de su intención.
Me gusta la idea de herramienta neutral,
pero me pregunto si es aplicable del todo a la IA.
Un procesador de textos es un lienzo en blanco.
Vale, pero un modelo de IA ya viene con sus propios sesgos de entrenamiento.
No parece tan neutral.
Es una objeción muy buena.
El autor no entra en el tema de los sesgos,
pero sí que aborda cómo cambia la naturaleza de la herramienta.
Para él, el momento clave es el 30 de noviembre 2022.
El lanzamiento de ChatGPT.
Efectivamente.
En ese mismo portátil neutral abre por primera vez esa interfaz de chat.
Y como tantos de nosotros, se pasa toda la noche experimentando con GPT 3.5,
que ahora nos parece casi prehistórico.
Ahí se cierra el círculo.
Piano para Beethoven, el portátil con IA para nosotros.
Pero ¿qué tipo de instrumento es este?
Porque no es como un procesador de textos.
No, en absoluto.
Y Ball describe su propia evolución para entenderlo.
Al principio lo vio como una máquina de respuestas.
Un Google con esteroides.
Le haces una pregunta, te da una respuesta.
Lo típico.
Pero pronto se dio cuenta de que eso era muy superficial.
El siguiente paso fue entenderlo no como una máquina de respuestas,
sino como un simulador de lenguaje humano.
Un matiz crucial.
Mucho.
No es que sepa cosas como un humano.
Es que ha procesado tantos miles de millones de textos que ha aprendido
las estructuras profundas de cómo pensamos y nos expresamos.
Ha interiorizado los patrones.
Por eso puede generar un texto que no sólo parece coherente, sino que a veces es
perspicaz. No porque entienda, sino porque es un maestro imitando patrones de pensamiento.
Precisamente.
Y esto le lleva a plantear las
preguntas que están en el corazón del ensayo.
Si ya tenemos esto, ¿qué es lo siguiente?
Y él especula con la idea de una máquina
que desarrolle algo como buen gusto intelectual.
Buen gusto intelectual.
Suena un poco abstracto.
¿A qué se refiere?
A la capacidad no sólo de dar la respuesta más probable.
Es algo más sofisticado.
Es la capacidad de generar varias respuestas posibles, evaluarlas,
reconocer fallos en su propio razonamiento, descartar las malas y elegir la mejor.
Un proceso de
operación interna, digamos.
Eso es. Y menciona que la investigación en los laboratorios de IA más punteros ya
va en esa dirección. O sea, pasar de un simple generador de texto a un colaborador
cognitivo. Y si esa herramienta llega, ¿qué implica para nosotros, para los usuarios?
Aquí llega a una de las ideas centrales.
A medida que los instrumentos se vuelven
más potentes, la responsabilidad se desplaza hacia nosotros.
Sugiere que la habilidad clave del futuro no será ser un buen ingeniero de
tromps, que es algo más técnico y que probablemente se quede obsoleto.
Entonces, ¿cuál será?
La verdadera habilidad diferencial será ser más curioso.
Las nuevas herramientas exigirán que formulemos mejores preguntas.
¿Pero qué es una mejor pregunta en la era de la IA?
¿Más compleja? ¿Más larga?
Yo creo que se refiere a algo más profundo.
Una pregunta mala podría ser, resume la historia del piano en el siglo XIX.
Te dará una respuesta correcta.
Vale.
Una mejor pregunta, una pregunta más curiosa, podría ser.
Actúa como un fabricante de pianos de bien en 1810, que acaba de escuchar
a Beethoven tocar su última sonata. Escribe una carta a tu socio describiendo
tu mezcla de asombro y terror al ver cómo trata el piano.
Vaya, la segunda pregunta no busca
información, busca perspectiva, exploración, abre un mundo de posibilidades.
Totalmente.
La IA se convierte en un amplificador de la curiosidad.
Ya no se trata de encontrar respuestas, sino de explorar paisajes conceptuales.
Y para eso necesitas un Lapa.
Y el mapa se dibuja con preguntas inteligentes.
Y esto nos lleva a la culminación del ensayo.
A la idea que le da título.
Presionamos nuestros instrumentos, los medimos y, a su manera, ellos nos miden a nosotros.
Es una frase increíblemente poética.
Es que es una relación de doble sentido.
Usas la herramienta para superar tus límites.
Pero al hacerlo, la herramienta revela cuáles son.
Te muestra hasta dónde llega tu imaginación, tu curiosidad.
Si solo le haces preguntas básicas,
te estará midiendo como alguien con una curiosidad limitada.
Y si la llevas al límite, te mide como alguien que está en la frontera.
Y cómo no, lo vuelve a conectar con Beethoven de una forma muy emotiva.
Con la anécdota de cuando cerró las patas de su piano, ya casi completamente sordo.
Es una imagen devastadora y a la vez poderosa.
Lo hizo para poder sentir las vibraciones
rápidamente a través de sus huesos.
Su conexión auditiva se desvanecía,
así que buscó una nueva interfaz, una conexión física, desesperada.
Nunca dejó de empujar los límites.
Ni los del instrumento, ni los suyos propios.
Nunca.
Y ese impulso que Bal describe como una fotografía que se va enfocando,
esa búsqueda de una fidelidad cada vez mayor entre la idea y su manifestación,
es el hilo que une todo.
Une al artesano,
que pulía una lente, al fabricante de pianos.
Y al ingeniero de software que hoy entrena un modelo de lenguaje.
Todos buscan lo mismo.
Crear una herramienta con mayor resolución, mayor rango dinámico.
Y luego llega el usuario, sea Galileo,
Beethoven o quien sea, y usa esa nueva fidelidad para crear
algo que antes era sencillamente inconcebible.
La conclusión final de Ball es, por tanto, optimista.
Cree que la IA, como el piano de Beethoven, nos permitirá crear obras
actuales de una escala y ambición que ahora apenas imaginamos.
Nos dará, en sus palabras, un mayor rango dinámico para el pensamiento.
Y termina con un deseo doble.
Sí. Por un lado, que entre los constructores
de estas herramientas surjan artesanos de verdad.
Y por otro, que entre los usuarios surjan jóvenes Beethoven,
gente que coja estos instrumentos para practicar un arte completamente nuevo.
De hecho, afirma que él mismo espera romper las cuerdas de estos nuevos instrumentos.
Romper las cuerdas es la metáfora perfecta.
No significa usar mal la herramienta.
Significa que tu visión es tan ambiciosa que excede la capacidad de la tecnología.
Exacto. No es un fallo, es un indicador de progreso.
Cuando la IA te diga no puedo responder a eso, es demasiado complejo.
Esa es tu sonata Hammerklavier.
Ahí sabes que estás empujando la frontera.
Así que lo que empieza como una elegante lección de historia de la música,
se convierte en una meditación increíblemente lúcida sobre nuestra relación con la tecnología.
Y la idea final que resuena es esa, que estas herramientas no sólo expanden
lo que podemos hacer, sino que expanden lo que podemos pensar.
Y dejo una pregunta flotando en el aire.
Una que no está explícita, pero que impregna todo el ensayo.
Beethoven usó su nuevo instrumento para transformar la cultura.
Ahora, con estas nuevas herramientas cognitivas, la pregunta es,
¿qué tipo de música vamos a crear con ellas?
¿Cuáles son las sonatas Hammerklavier de la ciencia, del arte,
que por primera vez ahora son concedibles?
Una reflexión poderosa para cerrar.
Esperamos que los próximos análisis resulten tan ingeniosos como este.
Y hasta aquí el episodio de hoy.
Muchas gracias por tu atención.
Esto es BIMPRAXIS.
Nos escuchamos en el próximo episodio.